Ella llega tarde del trabajo. Escucho el sonido agudo de la llave girando, primero lentamente y después con insistencia para forzar el último torniquete de seguridad. Pongo puntos suspensivos en la pantalla que tengo delante y me lanzo con prisa a recibirla. Se ve tan bella incluso cuando no puede ocultar su cansancio. Ahí está, con diez centímetros más de estatura que yo, la encuentro parada en el recibidor, en cuanto enciende la luz la descubro amarrándose los cabellos y la ayudo a quitarse el saco negro que la protegió de la pringa que llenó su hombro de briznas delicadas. Justifica su retraso por un último café y una charla de pendientes, no, no está mintiendo. Le creo en todo caso. Me da un beso y sin más se tumba en el sofá que a veces quiero tirar por la ventana, se lo recuerdo, y en cada ocasión ella me advierte que de hacerlo me voy junto con el mueble en caída libre por una de las calles del Latin Quarter. Firmo la paz y ella me vuelve a besar.




