martes, 31 de marzo de 2026

Universidad y psicoterapia: la teoría es posición ética

 


Soy profesor universitario e investigador independiente. Todos los días voy a la Escuela de Psicología a impartir mis clases. En cada ocasión intento decirles a mis estudiantes —sobre todo a aquellos que están en los últimos semestres— que el momento teórico dentro del aula es la última oportunidad que tienen de aprender qué es la psicología.

Ellos me responden: que también están las prácticas. Les digo que sí. Que tendrán años para adquirir experiencia. Les digo que sí. Y, aun así, insisto: el momento teórico de la universidad es su última oportunidad para aprender qué es la psicología.

Me conceden el argumento, pero son lo suficientemente agudos como para advertir que otros profesores no estarán de acuerdo conmigo. Entonces hacen lo propio: van con ellos y les dicen: “el Dr. Dante nos ha dicho que…”. Lo que mis colegas responden —sobre lo que pienso y sobre lo que piensan de mí— no lo voy a poner aquí. Yo sigo con mi idea. Me paro frente al pizarrón y vuelvo a insistir, con cierto ímpetu hegeliano: la totalidad de lo real es lo absoluto, y comprenderlo exige un esfuerzo tan radical como desgastante.

En la última clase, antes de las vacaciones de Semana Santa, me preguntaron por la diferencia entre varios conceptos que —según dicen— los profesores usamos como si fueran equivalentes, aplicándolos en distintos escenarios. Eso, me dijeron, los confunde. Hicimos el ejercicio juntos. Al parecer, algunas cosas se aclararon. Después salí rumbo al consultorio para recibir a mis pacientes en el turno de la tarde-noche. Y ahí, entre una sesión y otra, me hice una pregunta: ¿Los psicoterapeutas pedagogizamos a nuestros pacientes? La posibilidad de esa idea me hizo detenerme en seco. Volví mentalmente a mis notas de clase.

La psicología, les expliqué, es una disciplina científica interesada en describir, explicar y comprender los patrones de conducta y los procesos psíquicos que configuran el comportamiento humano.

Una de sus ramas de especialización es la psicología clínica, la cual se encarga de evaluar, comprender e intervenir en el sufrimiento psíquico. En este sentido, el psicólogo clínico parte de la identificación de los síntomas, así como de la historia y la experiencia del malestar que refiere el sujeto. A partir de ello, se establece una relación clínica entre el profesional y el paciente, orientada a dar sentido a ese malestar, bajo la premisa de que existe una posibilidad de transformación.

Otra de las subdisciplinas de la psicología es la psicopatología, cuyo objetivo principal es describir, analizar y conceptualizar el sufrimiento psíquico y las formas de alteración de la experiencia subjetiva. De este modo, la psicopatología aporta los marcos conceptuales que nutren a la psicología clínica para su despliegue técnico y práctico.

Dicho despliegue se concreta en el tratamiento psicológico, particularmente en la psicoterapia, entendida como una intervención profesional que busca producir transformaciones en la forma en que el sujeto percibe, significa y organiza su experiencia. En este proceso, la relación terapéutica adquiere un papel central, ya que posibilita la reelaboración del sufrimiento psíquico. El psicoterapeuta explora los pensamientos, las emociones y la historia del paciente, favoreciendo la construcción de nuevas formas de significación y subjetividad.

Cuento esto para decir que todos los días en la universidad, frente a mis estudiantes, menciono estos cuatro términos de lenguaje, en tanto significantes que rondan mi discurso psicológico, es académico y es profesional, y mis alumnos saben que, desafortunadamente, es el nivel en el que hablaremos de ellos. No se puede de otro modo, no estamos en una charla de café, en cada momento se trata de la universidad.

Pero cada uno de estos significantes tiene que definirse dentro de la psicología, sin posmodernidades que flexibilicen sus márgenes, es la única manera de que funcionen como conceptos que organizan un saber y delimitan sus campos de acción y despliegue. Solo así podemos entender qué es le sufrimiento psíquico y que hacemos específicamente los psicólogos y los psicoterapeutas al respecto.

Impartiendo mis clases —debo confesar que a menudo se reducen a cátedras— me pregunto qué busco en estos estudiantes que escuchan atentos y rayan sus tabletas para guardar apuntes: quiero que sepan cuál es la realidad en la que se mueven.

Por eso intento que los significantes pasen por el concepto y devengan categorías, de modo que puedan organizar la realidad de la psicología desde la práctica y sus objetos. Por ejemplo, cuando hablo de psicoterapia, la realidad que se intenta ordenar es la de la intervención, es decir, la del tratamiento; cuando hablo de psicopatología, la realidad que se busca organizar es la de la enfermedad, o si se quiere, la de lo normal y lo patológico.

Luego pienso en las personas que deciden acudir —o son enviadas— a psicoterapia. Aunque dicen que van “al psicólogo”, suelen representarse al psicoterapeuta sentado frente a ellas, dispuesto a escucharlas y, en el mejor de los casos, a ofrecer alguna forma de devolución. Del consultorio deberían salir cualitativamente distintas de como llegaron —no es una suposición—: se trata de un movimiento subjetivo que se produce a partir de las intervenciones del psicoterapeuta, en articulación con las elaboraciones del paciente.

Lo que intento decir es que los niveles conceptuales que se ofrecen en las clases de psicología se materializan en posiciones éticas frente a una realidad en la que se interviene para transformarla. Dicho de otro modo: los significantes, los conceptos y las categorías psicológicas posicionan al psicólogo para su despliegue en el mundo de la vida.

No sé si mis estudiantes lo saben —al menos lo intuyen—, pero lo menciono porque ese momento, el de la transmisión universitaria —sistemática e institucional— de la psicología, resulta determinante para la práctica profesional de quienes acuden todos los días al aula. 

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