Soy profesor universitario e investigador independiente. Todos los días voy a la Escuela de Psicología a impartir mis clases. En cada ocasión intento decirles a mis estudiantes —sobre todo a aquellos que están en los últimos semestres— que el momento teórico dentro del aula es la última oportunidad que tienen de aprender qué es la psicología.
Ellos
me responden: que también están las prácticas. Les digo que sí. Que tendrán
años para adquirir experiencia. Les digo que sí. Y, aun así, insisto: el
momento teórico de la universidad es su última oportunidad para aprender qué es
la psicología.
Me
conceden el argumento, pero son lo suficientemente agudos como para advertir
que otros profesores no estarán de acuerdo conmigo. Entonces hacen lo propio:
van con ellos y les dicen: “el Dr. Dante nos ha dicho que…”. Lo que mis colegas
responden —sobre lo que pienso y sobre lo que piensan de mí— no lo voy a poner
aquí. Yo sigo con mi idea. Me paro frente al pizarrón y vuelvo a insistir, con
cierto ímpetu hegeliano: la totalidad de lo real es lo absoluto, y comprenderlo
exige un esfuerzo tan radical como desgastante.
En
la última clase, antes de las vacaciones de Semana Santa, me preguntaron por la
diferencia entre varios conceptos que —según dicen— los profesores usamos como
si fueran equivalentes, aplicándolos en distintos escenarios. Eso, me dijeron,
los confunde. Hicimos el ejercicio juntos. Al parecer, algunas cosas se
aclararon. Después salí rumbo al consultorio para recibir a mis pacientes en el
turno de la tarde-noche. Y ahí, entre una sesión y otra, me hice una pregunta: ¿Los psicoterapeutas pedagogizamos a nuestros pacientes? La
posibilidad de esa idea me hizo detenerme en seco. Volví mentalmente a mis
notas de clase.
La psicología, les expliqué, es una disciplina científica interesada en
describir, explicar y comprender
los patrones de conducta y los procesos psíquicos que configuran el
comportamiento humano.
Una
de sus ramas de especialización es la psicología
clínica, la cual se encarga de evaluar, comprender e intervenir
en el sufrimiento psíquico.
En este sentido, el psicólogo clínico parte de la identificación de los
síntomas, así como de la historia y la experiencia del malestar que refiere el
sujeto. A partir de ello, se establece una relación clínica entre el
profesional y el paciente, orientada a dar sentido a ese malestar, bajo la premisa de que existe una posibilidad de transformación.
Otra
de las subdisciplinas de la psicología es la psicopatología,
cuyo objetivo principal es describir, analizar y
conceptualizar el sufrimiento psíquico y las formas de alteración de la
experiencia subjetiva. De
este modo, la psicopatología aporta los marcos conceptuales que nutren a la
psicología clínica para su despliegue técnico y práctico.
Dicho
despliegue se concreta en el tratamiento psicológico, particularmente en la psicoterapia, entendida
como una intervención profesional que busca producir transformaciones en la forma en que
el sujeto percibe, significa y organiza su experiencia. En este
proceso, la relación terapéutica adquiere un papel central, ya que posibilita
la reelaboración del sufrimiento
psíquico. El psicoterapeuta explora los pensamientos, las
emociones y la historia del paciente, favoreciendo la construcción de nuevas formas de significación y subjetividad.
Cuento esto para decir
que todos los días en la universidad, frente a mis estudiantes, menciono estos
cuatro términos de lenguaje, en tanto significantes
que rondan mi discurso psicológico, es académico y es profesional, y mis
alumnos saben que, desafortunadamente, es el nivel en el que hablaremos de
ellos. No se puede de otro modo, no estamos en una charla de café, en cada
momento se trata de la universidad.
Pero cada uno de estos significantes
tiene que definirse dentro de la psicología, sin posmodernidades que flexibilicen
sus márgenes, es la única manera de que funcionen como conceptos que organizan un saber y delimitan sus campos de acción y
despliegue. Solo así podemos entender qué es le sufrimiento psíquico y que hacemos
específicamente los psicólogos y los psicoterapeutas al respecto.
Impartiendo mis clases
—debo confesar que a menudo se reducen a cátedras— me pregunto qué busco en
estos estudiantes que escuchan atentos y rayan sus tabletas para guardar
apuntes: quiero que sepan cuál es la realidad en la que se mueven.
Por
eso intento que los significantes pasen por el concepto y devengan categorías,
de modo que puedan organizar
la realidad de la psicología desde la práctica y sus objetos. Por ejemplo, cuando hablo de
psicoterapia, la realidad que se intenta ordenar es la de la intervención, es
decir, la del tratamiento; cuando hablo de psicopatología, la realidad que se
busca organizar es la de la enfermedad, o si se quiere, la de lo normal y lo
patológico.
Luego
pienso en las personas que deciden acudir —o son enviadas— a psicoterapia.
Aunque dicen que van “al psicólogo”, suelen representarse al psicoterapeuta
sentado frente a ellas, dispuesto a escucharlas y, en el mejor de los casos, a
ofrecer alguna forma de devolución. Del consultorio deberían salir
cualitativamente distintas de como llegaron —no es una suposición—: se trata de
un movimiento subjetivo
que se produce a partir de las intervenciones del psicoterapeuta, en
articulación con las elaboraciones del paciente.
Lo
que intento decir es que los niveles conceptuales que se ofrecen en las clases
de psicología se materializan
en posiciones éticas frente a una realidad en la que se
interviene para transformarla. Dicho de otro modo: los significantes, los
conceptos y las categorías psicológicas posicionan al psicólogo para su despliegue en el mundo de
la vida.
No sé si mis estudiantes lo saben —al menos lo intuyen—, pero lo menciono porque ese momento, el de la transmisión universitaria —sistemática e institucional— de la psicología, resulta determinante para la práctica profesional de quienes acuden todos los días al aula.

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