En la época clásica, la miseria ya no tiene el toque divino y místico que la caracterizó en la Alta Edad Media y los primeros años del Renacimiento. Es decir, ya no era la prueba divina al que los sacerdotes tenían que hacer frente en los antiguos conventos. Lo locos, los pobres, los veneros y los desocupados, iban a ser encerrados. De pronto se convirtieron en una plaga. La iglesia celebró la prescripción de Luis XIV: el Gran Encierro. Claro, era conveniente, porque los exconventos, vacíos desde los años de la lepra, en el siglo XVII estaban desbordados. A cambio recibían un financiamiento por parte del rey y de las familias de los recluidos.
