La vida cotidiana es el nivel donde la vida adquiere forma concreta y se reproduce la sociedad. Tiene una ética: ir al trabajo, esperar en la fila del banco, enviar ese mensaje a la persona a la que prometimos decirle “ya llegué; hasta pronto”. La vida cotidiana ofrece estructura y por eso los dos sabemos cuánto tardo en llegar a mi casa desde el trabajo y qué hago los domingos por la tarde. Entonces llamas y esperas a que conteste —debo contestar—, so pena de justificarme con algún imponderable.
Se
trata de lo más preciado que tiene una persona: sus horarios, sus hábitos, sus
recursos y la satisfacción de saber que terminará el día dignamente agotada.
Así las cosas, la vida cotidiana es lo que ofrece cordura y estabilidad; cuando
se pierde comienza la debacle: uno no sabe qué hacer, adónde ir, en qué momento
comenzar o terminar una tarea. La brújula se arruina y no hay cuarto de derrota
marítimo para fijar el norte.
Si
el extravío se debe a un imponderable —digo yo— no hay de qué preocuparse: en
cuanto se soluciona el problema el curso se retoma y uno sigue adelante. Cuando
es afectivo, las cosas son muy diferentes, porque la vida cotidiana se
construyó en común y por eso mismo se comparte. Esperar en la fila del banco
está cubierto de una sustancia cotidiana que adquiere la forma de “avísame
cuando termines, paso por ti y nos vamos a comer a La Sirena”. Entonces uno sabe que su cotidianidad está anclada al
sentimiento de amor por el otro, que sostiene sus ganas de ducharse y salir al
trabajo esperando el “después de” que completa todo. Cuando a uno lo deja su
chica, pierde la brújula cotidiana y la vida en la ciudad que le cupo en suerte
se vuelve inhabitable.
Claro,
uno sigue yendo al trabajo, cumple con su horario y se despide de los
compañeros. Ese momento es temible, porque lo que sigue ya no estará completado.
Se tuerce algo en el curso de la ética de la vida: “no sé qué hacer porque lo
que hacía ya no lo puedo seguir haciendo”. La fractura de la vida cotidiana por
duelo amoroso es el fin de la libertad del enamorado. La libertad es límite. Es
margen. Es repertorio de cosas que se pueden hacer y de las cosas que no.
Cuando eso no está, uno ya no sabe lo que está haciendo porque no hay sistemas
de señales cotidianos ni sentimentales.
Por
fortuna la vida cotidiana es una construcción y, como estructura, no es sólida.
En algún momento volverá y el hábito llenará los huecos de la ausencia. La
tarea es recordar para dejar de extrañar, porque extrañar es la piedra en el
zapato que no deja avanzar y recordar es pasar del discurso doloroso al
discurso del dolor.

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