miércoles, 25 de febrero de 2026

Cartografía afectiva de la vida cotidiana

 


La vida cotidiana es el nivel donde la vida adquiere forma concreta y se reproduce la sociedad. Tiene una ética: ir al trabajo, esperar en la fila del banco, enviar ese mensaje a la persona a la que prometimos decirle “ya llegué; hasta pronto”. La vida cotidiana ofrece estructura y por eso los dos sabemos cuánto tardo en llegar a mi casa desde el trabajo y qué hago los domingos por la tarde. Entonces llamas y esperas a que conteste —debo contestar—, so pena de justificarme con algún imponderable.

Se trata de lo más preciado que tiene una persona: sus horarios, sus hábitos, sus recursos y la satisfacción de saber que terminará el día dignamente agotada. Así las cosas, la vida cotidiana es lo que ofrece cordura y estabilidad; cuando se pierde comienza la debacle: uno no sabe qué hacer, adónde ir, en qué momento comenzar o terminar una tarea. La brújula se arruina y no hay cuarto de derrota marítimo para fijar el norte.

Si el extravío se debe a un imponderable —digo yo— no hay de qué preocuparse: en cuanto se soluciona el problema el curso se retoma y uno sigue adelante. Cuando es afectivo, las cosas son muy diferentes, porque la vida cotidiana se construyó en común y por eso mismo se comparte. Esperar en la fila del banco está cubierto de una sustancia cotidiana que adquiere la forma de “avísame cuando termines, paso por ti y nos vamos a comer a La Sirena”. Entonces uno sabe que su cotidianidad está anclada al sentimiento de amor por el otro, que sostiene sus ganas de ducharse y salir al trabajo esperando el “después de” que completa todo. Cuando a uno lo deja su chica, pierde la brújula cotidiana y la vida en la ciudad que le cupo en suerte se vuelve inhabitable.

Claro, uno sigue yendo al trabajo, cumple con su horario y se despide de los compañeros. Ese momento es temible, porque lo que sigue ya no estará completado. Se tuerce algo en el curso de la ética de la vida: “no sé qué hacer porque lo que hacía ya no lo puedo seguir haciendo”. La fractura de la vida cotidiana por duelo amoroso es el fin de la libertad del enamorado. La libertad es límite. Es margen. Es repertorio de cosas que se pueden hacer y de las cosas que no. Cuando eso no está, uno ya no sabe lo que está haciendo porque no hay sistemas de señales cotidianos ni sentimentales.

Por fortuna la vida cotidiana es una construcción y, como estructura, no es sólida. En algún momento volverá y el hábito llenará los huecos de la ausencia. La tarea es recordar para dejar de extrañar, porque extrañar es la piedra en el zapato que no deja avanzar y recordar es pasar del discurso doloroso al discurso del dolor.

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