domingo, 22 de febrero de 2026

Homo lacrimans: anatomía del llanto


El llanto se explica con un principio fisiológico: un mecanismo estimula las glándulas lagrimales para producir lágrimas que, con su humedad, hidratan las estructuras oculares y permiten que el ojo y el sentido de la visión funcionen de manera óptima. A eso también le llamamos llorar.

La gente llora cuando está triste, pero este sentimiento no siempre antecede al llanto. A veces la gente llora de pura risa y, cuando eso sucede, llorar —si me apuran— comienza a estar sobrevalorado.

Desde hace mucho tiempo, el llanto de las personas no me genera más que la función de alerta que precisa: no me produce un sentimiento, pero sí una emoción de hiperatención. Quiero saber si están en peligro y necesitan mi ayuda. Al menos eso es lo que hago en mi consultorio: observo cuál es el dato subyacente del acto de llorar de mis pacientes.

Hay personas que lloran más que otras. Dicen que cuando el llanto viene acompañado de una historia —o de un chiste bien contado— el sentimiento emerge y ocurre una descarga de energía que se escapa del cuerpo. Quien llora se siente aliviado.

Yo crecí con la idea de que llorar era de cobardes; por eso no lloro. Entre el año pasado y lo que va de este he llorado un par de veces. No lo hice en los momentos esperados. Hubiera estado justificado llorar el día que murió mi padre, pero no: no lloré en su velorio ni en los días siguientes. En cambio, lloré la mañana en que mi hermana menor me llamó la atención por un error que cometí y acepté mi responsabilidad. También lloré hace poco: mi pareja decidió terminar nuestra relación.

Y vamos, digo llorar porque me salieron unas lágrimas que me sequé de inmediato. No fuera a suceder que alguien me viera.

El duelo es una de las razones más comunes por las que la gente llora: perder a un objeto amado. El examen de realidad advierte que aquella persona en quien depositábamos nuestras energías ya no está. Lo más difícil es descubrir que a la desaparición del objeto no le sigue la desaparición del sentimiento. Ese se queda y genera estragos.

Entonces uno llora porque encuentra el sentimiento que sostiene su llanto. A veces grita, porque supone que el grito potencia el llanto y amaina el dolor. Otros lloran a escondidas, como yo, para que nadie los vea llorando ni haciendo el tonto con la forma ridícula que adquiere la tristeza.

En todo caso, llorar debe ser bueno. No es algo que se quiera evitar, salvo para cuidar las formas. Convengamos en que somos homo lacrimans: la primera expresión con la que dijimos “aquí estamos”. Nacemos llorando, sucios y sin voz, y ante la imposibilidad de lavarnos o hablar, optamos por llorar.

En fin, supongo que hoy ya lloraste. Si no lo has hecho, entonces llorarás. Porque, así como lo veo, hay dos tipos de hombres: los que ya lloraron y los que todavía van a hacerlo.

Sea como fuere, espero que cuando suceda tengas a alguien al codo de tu vida que pueda preguntarte:

—¿Por qué lloras? ¿Puedo ayudarte en algo?

No te mueran nunca. 

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