El llanto se explica con un principio fisiológico: un mecanismo estimula las glándulas lagrimales para producir lágrimas que, con su humedad, hidratan las estructuras oculares y permiten que el ojo y el sentido de la visión funcionen de manera óptima. A eso también le llamamos llorar.
La
gente llora cuando está triste, pero este sentimiento no siempre antecede al
llanto. A veces la gente llora de pura risa y, cuando eso sucede, llorar —si me
apuran— comienza a estar sobrevalorado.
Desde
hace mucho tiempo, el llanto de las personas no me genera más que la función de
alerta que precisa: no me produce un sentimiento, pero sí una emoción de
hiperatención. Quiero saber si están en peligro y necesitan mi ayuda. Al menos
eso es lo que hago en mi consultorio: observo cuál es el dato subyacente del
acto de llorar de mis pacientes.
Hay
personas que lloran más que otras. Dicen que cuando el llanto viene acompañado
de una historia —o de un chiste bien contado— el sentimiento emerge y ocurre
una descarga de energía que se escapa del cuerpo. Quien llora se siente
aliviado.
Yo
crecí con la idea de que llorar era de cobardes; por eso no lloro. Entre el año
pasado y lo que va de este he llorado un par de veces. No lo hice en los
momentos esperados. Hubiera estado justificado llorar el día que murió mi
padre, pero no: no lloré en su velorio ni en los días siguientes. En cambio,
lloré la mañana en que mi hermana menor me llamó la atención por un error que
cometí y acepté mi responsabilidad. También lloré hace poco: mi pareja decidió
terminar nuestra relación.
Y
vamos, digo llorar porque me salieron unas lágrimas que me sequé de inmediato.
No fuera a suceder que alguien me viera.
El
duelo es una de las razones más comunes por las que la gente llora: perder a un
objeto amado. El examen de realidad advierte que aquella persona en quien
depositábamos nuestras energías ya no está. Lo más difícil es descubrir que a
la desaparición del objeto no le sigue la desaparición del sentimiento. Ese se
queda y genera estragos.
Entonces
uno llora porque encuentra el sentimiento que sostiene su llanto. A veces
grita, porque supone que el grito potencia el llanto y amaina el dolor. Otros
lloran a escondidas, como yo, para que nadie los vea llorando ni haciendo el
tonto con la forma ridícula que adquiere la tristeza.
En
todo caso, llorar debe ser bueno. No es algo que se quiera evitar, salvo para
cuidar las formas. Convengamos en que somos homo
lacrimans: la primera expresión con la que dijimos “aquí estamos”. Nacemos
llorando, sucios y sin voz, y ante la imposibilidad de lavarnos o hablar,
optamos por llorar.
En
fin, supongo que hoy ya lloraste. Si no lo has hecho, entonces llorarás.
Porque, así como lo veo, hay dos tipos de hombres: los que ya lloraron y los
que todavía van a hacerlo.
Sea
como fuere, espero que cuando suceda tengas a alguien al codo de tu vida que
pueda preguntarte:
—¿Por
qué lloras? ¿Puedo ayudarte en algo?
No te mueran nunca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario