Jacobo Ramírez es profesor asociado en la Copenhagen Business School. Imparte sus clases en español y, a juzgar por la conversación que tuvimos cuando vino a presentar Testimonio. Una forma de resistencia de las muxes que hacen el futuro, tengo la sospecha de que piensa cuidadosamente las palabras que va a usar, como quien teme equivocarse en la sintaxis. Nació en Oaxaca, pero, como él mismo dice: “yo nunca crecí ni residí en el Istmo”. Desde 1999 ha vivido en Europa y desde hace veinte años en Copenhague. Jacobo es de aquí, pero ya no pertenece del todo a esta parte del mundo.
Para
completar Testimonio tuvieron que pasar algunos años. Jacobo visitó el
Istmo de Tehuantepec y se encontró con las muxes para conversar con ellas,
evitando lo que él llama “extractivismo epistémico”; es decir, no convertir en
dato de estudio la voz de quienes decidieron compartir una parte de sus vidas,
quizá reservada, quizá olvidada. Jacobo parece ser, con esto, un investigador
que considera que los objetos de estudio son, en realidad, sujetos que
participan en la producción de un conocimiento situado.
Testimonio declara desde el inicio el método de investigación y de exposición de Jacobo Ramírez. El autor no solo registra lo que escucha, también lo que ve: el calor que siente, la sed que sacia y la cerveza con la que brinda después de la entrevista o la charla. Y las muxes le explican, le dicen que las cosas a veces no son buenas, pero que hay temporadas de bonanza y que saben aprovecharlas, aunque, en general, la han pasado mal. El testimonio es, entonces, una declaración en la que se asume una posición de denuncia.
Jacobo no asume la palabra; más bien deja hablar a Felina Santiago Valdivieso, Kika Godínez, Amurabi Méndez, Estrella Vásquez, Victoria López, Valkis López, Joseline Sosa, Isabella Urbieta y Jesús Ramírez. Todas ellas dispuestas a la escucha densa de quien pregunta, pero hablando desde su propia historia, sin perder de vista su realidad: esa que está a la vista de quien investiga y de quien la vive cotidianamente.
Jacobo no
pierde el asombro de lo que ve y de lo que escucha. En los testimonios no
opina, no teoriza; simplemente dice: “esto fue lo que ellas me contaron y aquí
está; léanlas y así escúchenlas”. Jacobo siente el calor, el viento, la lluvia
y la calidez de las muxes que lo reciben. No describe, no explica y, por ello,
no concluye. Ellas tienen la palabra y, por lo mismo, pueden hacerse
responsables de lo que pronuncian.
Yo fui el
editor y el corrector de estilo de Testimonio. La tarea fue minuciosa y
exigente: le escribía a Jacobo a las doce del día y en Copenhague eran las
siete de la tarde. Me respondía con la preocupación de un autor que dialoga con
su editor. No lo conocía en persona, como sucede con la mayoría de los autores
que he editado. Debo confesar que no conozco del todo un libro hasta que
finalmente está en las librerías, cuando me hacen llegar el ejemplar y sigo
revisando, y sigo corrigiendo. Lo que sí sé es que Jacobo confió en el trabajo
de un librero y un editor de Macondo, aquí, en la provincia sureña de Oaxaca.
Testimonio fue auspiciado por la librería El
Pueblo Que Lee, teniendo como comandante en jefe a Juan Carlos, un
chico que comenzó repartiendo libros en su bicicleta. Si alguien quiere un
libro y él lo tiene en sus estantes, se monta en su bicicleta y llega hasta
donde tenga que llegar. Él fue el productor ejecutivo y me invitó a ser el
editor. El resultado es este libro, que hemos presentado con la seguridad de
que hicimos un gran trabajo. Jacobo nos ha dicho que está contento con el
resultado y la gente también quiere saber qué cuentan esas voces.
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