Ernesto Sábato fue un escritor argentino que vivió en el siglo XX. Se doctoró en Física y trabajó en el Laboratorio Curie en París; decidió abandonar la ciencia para dedicarse a la literatura, convirtiéndose en uno de los humanistas más destacados de la reflexión existencial en América Latina. Lo he visto en entrevistas, he leído algunos perfiles suyos y reconozco en él a un hombre astuto, dispuesto a sostener sus ideas sobre las razones del corazón y las razones del alma. Eso me agradó mucho.
Leí
El túnel, publicada en 1948. Se
trata de una novela psicológica y de reflexión existencial, escrita en primera
persona con la voz de su protagonista, Juan Pablo Castel, pintor de oficio y
fatídico amante de María Iribarne. Sábato construye a un personaje apasionado,
posesivo, celoso y violento. Lo hace sacándolo a la calle, pidiendo café,
llamando por teléfono, haciendo el amor y exigiendo respuestas a su amante. Es
ahí donde aparecen las pasiones humanas: cuando toman la forma de la vida
cotidiana.
Cuán
débil debe de tener un hombre el espíritu para quedar prendido de una mujer la
primera vez que la ve. La única manera de que esto suceda —pienso— es que algo
de esa escena lo haya capturado desde el inicio. Juan Pablo nota la presencia
de María en la sala de exposiciones; le intriga su atención en una parte mínima
de su cuadro. Quiere saber qué fue lo que vio: desea sentir a esa mujer y va
tras ella. La busca durante meses y finalmente la encuentra.
De
pronto ella se vuelve su amante. Juan Pablo la llama, la persigue, y María
ofrece lo que puede ofrecer. La existencia de María organiza toda la vida del
pintor: sus decisiones, sus tareas, su pintura, su forma de ver el mundo. Pero
nada está completo: María no está completamente con él, y él lo sabe, lo
siente. Por eso pregunta, interroga, quiere saber dónde estuvo, con quién y por
qué. Escucha cada palabra como si allí estuviera el secreto: ¿por qué no siente
que María le pertenezca?
Sí,
esta es la fractura: nadie nos pertenece. Apenas podemos suponer que la forma
que el otro toma en nuestra existencia se aproxima a lo que deseábamos. Pero
María no se parece en nada a lo que Juan Pablo quería. Ella está lejos de él
—quizá lejos de todos—. Tiene otros amantes, otros deseos. El problema es que
el pintor era solo uno más.
El
túnel de Juan Pablo es su propio yo, el lugar desde donde mira el mundo. Por
eso las cosas no le resultan como esperaba: en su mirada nunca estuvo la mirada
de María.
Al
final la mata. Y la pregunta persiste: ¿por qué?
Tal vez porque nunca estuvieron en el mismo orden de diálogo, nunca hablaron de lo mismo y, más radicalmente, nunca sintieron lo mismo. Juan Pablo estaba convencido de que María estaba en su misma frecuencia; no era así. María parecía tener claro algo del deseo y de su propio devenir.
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