Es domingo por la mañana y me siento relajado. Ha sido una semana agotadora: leí demasiadas páginas, escribí algunas más y edité textos que iban desde poemas hasta artículos académicos. También atendí a mis pacientes en el consultorio, un ejercicio que puede resultar extenuante cuando la jornada llega a su fin.
Sea como fuere, hoy me siento más tranquilo. Me he
servido la primera taza de café y escucho boleros que me recuerdan a mi viejo. Estoy
en una ciudad de provincia que se parece tanto a Macondo, donde la magia
aparece como indispensable si queremos explicar lo que, en apariencia, llamamos
realidad. Desde aquí —quiero decir, desde este lugar— leí Veinticuatro horas de la vida de una mujer (1927) y ahora quiero
compartirte algunos comentarios al respecto.
Lo obra fue escrita por Stefan Zweig (Viena, 1881 ― Brasil, 1942), un escritor
y ensayista austriaco profundamente interesado por la psicología de sus personajes;
la influencia del psicoanálisis en su narrativa es notoria: la pasión súbita, el
deseo y la culpa como elementos estructurantes de la vida. Veinticuatro horas de la vida de una mujer es una elocuente muestra.
Se trata de una novela perteneciente al llamado modernismo psicológico,
ambientada en Europa. Sweig pone sobre la mesa la moral burguesa, la soledad,
el juego y la adicción y la condición femenina como coordenadas de la vida cotidiana.
Mientras leía, caía en la cuenta de algo: “el autor quiere que entendamos que
todos estos detalles narrativos que incluye, es decir, las características de
la época que le cupo en suerte, son puntos de partida para entender lo que
apasiona a un hombre y lo que hace sufrir a una mujer”. Entonces, todo lo que ocurre
en esta novela es estructural, como si no hubiera otra opción. En el secreto de
muchas familias de esa época, estas historias —u otras parecidas— eran insoslayables por estructura.
¿Será cosa de
época? La obra ofrece esto apenas comienza:
La
mayoría de los hombres poseen escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de
una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada
cuña, apenas logra excitarles; mas si un día, ante sus ojos y en una proximidad
palpable, acontece algo insignificante, estallan inmediatamente en una pasión
desmesurada. Entonces, en cierto modo, su apatía se trueca en vehemencia
frenética y extemporánea.
Zweig pone ante el lector veinticuatro horas de la vida
de una mujer de la sociedad burguesa. Ella se planta frente a su confesor y sin
tapujos, narra detalles, devela secretos, llega a conclusiones… lo recuerda y
lo cuenta todo. Porque las mujeres sí pueden hacerlo —saben hacerlo—. La cita sugiere que los
hombres son torpes para confesarse —o no quieren hacerlo—, por
eso sus secretos viajan lejos en el tiempo con ellos. Los acontecimientos más
trascendentes no los conmueven, son ecuánimes y su frialdad los lleva a
resolver cualquier problema; lo simple los parte por la mitad, dice el autor,
lo insignificante los lleva a una respuesta desbordada que, cuando se percatan
de su actuación, los llenan de vergüenza y los mantiene humildes por
arrepentimiento.
La mujer se siente escuchada por un hombre que no la juzga —aunque
tampoco la comprende—, por eso ella habla de ese bello muchacho que intentó
rescatar de su ludopatía. La ingenuidad de la mujer aparece como motor de su
toma de decisiones. Yo entiendo algo más: en realidad la mujer no le cuenta
todo, o quizá no confesó lo inconfesable, la verdadera razón de su insistencia,
de su pasión frente a lo que ella evaluó como el fin de aquel hombre hermoso si
no intervenía.
Su presencia, casi salvífica, fue lo mejor que pudo haberle
ocurrido a aquel vicioso que no cambió —que no podía cambiar— y ella, decepcionada
—ingenua— lanzó: “pero si usted me lo prometió”.
Tal vez sea que viene bien salvar a los hombres de su
papel de villanos. Sacarlos de donde corren peligro y llevarlos a un sitio más
seguro, casi siempre en los brazos y en la cama de quien planeó la salvación.
De lo que sí estoy seguro es que Zweig, a pesar de su
psicoanálisis hoy considerado ortodoxo, sabía que la mujer aprendió a callar
confesándose, que su voz solo tenía valor en el secreto, en lo que pocas
personas deben saber. La visibilidad desde lo interior. Porque en la sociedad burguesa
la gente no olvidaba lo que pasaba con las mujeres, sino que administraba moralmente
la vida cotidiana.
Pero la mujer ya estaba inmersa en algo fuera de sus planes:
se dedicaba a salvar a un hombre joven que le causaba estragos, y ella
sospechaba que la caída sería fuerte:
Súbitamente,
lo que ofrecía de horrible, de inconcebible aquella situación, tuvo para mí un
sentido, una razón de ser; me sentí contenta y orgullosa pensando que aquel
hombre joven, bello, delicado, que allí dormía sereno y silencioso, como una
flor, quizá sin mi abnegada intervención hubiese sido encontrado entre las
rocas, con el rostro partido, cubierto de sangre, destrozado, sin vida, con los
ojos espantosamente abiertos. Yo lo había salvado.
Pareciera decir: “está bien, me juego la reputación, pero
quiero que él se salve y que, de paso, yo también salga airosa de este lío en
el que me he metido”. La cita muestra que a mitad de camino ya no se puede
recoger lo andado; continuar se vuelve una obligación. Además, ella lo tenía
claro: sin su “abnegada intervención”, aquel muchacho ya no estaría vivo. Entonces
pienso que no se trataba de él, sino de ella, como si la empresa fuera rescatar
a un miserable y anotarlo como parte de la agenda moral. El plan —que se presume racional— se mezcló con el deseo de la mujer y —si me apuras— diré que
eso lo jodió todo.
Al final, todo salió mal —en
la tragedia es necesario que así suceda; nuestro autor no te va a decepcionar
en ese aspecto—. La estructura es de hielo mezclado con sal, la pasión es inconsciente
y se actúa desde la estupidez humana cuando el deseo está marcado por la
fractura de la psicopatología. La pregunta que me hago es la siguiente: “¿acaso
ella sabía que aquella batalla estaba perdida en tanto la enfermedad social del
hombre estaba muy avanzada?”. Supongo que esas son las batallas que hay que
disputarse, creyendo que la victoria fue nuestra, incluso cuando fue pírrica.
Y aquí yo me identifico profundamente con ella: bajar la
espada y recogernos en nuestra esquina de la humildad. “¿Por qué alzo la voz si
no tengo derecho a hacerlo? ¿Acaso no recuerdas el error que cometiste y aun
así te atreves a lanzar tu reclamo?”. Quiero entender algo más con Zweig: nos
queda escondernos, salir huyendo a un sitio donde nadie nos vea llorando con la
cara de la vergüenza. Cerrar puertas y ventanas y evaluar cada movimiento que
hicimos y confirmar la sospecha de que todo iba a salir como salió:
Sin
ninguna finalidad determinada, me trasladé más tarde a una pequeña ciudad
francesa donde nadie me conociera, pues sentíame obsesionada por la idea de que
cada persona podía descubrir de una sola mirada mi vergüenza, el cambio que se
había producido en mí, y hasta qué punto estaba manchada mi alma. A veces, por
la mañana, al despertarme en mi lecho, sentía un miedo horrible de abrir los
ojos. Siempre de nuevo acudía a mi conciencia el recuerdo de aquella noche en
que desperté al lado de un hombre desconocido y medio desnudo; y desde entonces
me persiguió innecesariamente, igual que en aquella ocasión, el deseo de
morirme en el acto.
Muchas veces he peleado contra cretinos y para salir victorioso uso todos mis recursos retóricos y a veces hasta físicos. Claro que celebro salir con la sonrisa de oreja a oreja, pero padezco la tristeza provocada, el dolor añadido a mi victoria. “El amor deja estragos por donde pasa”, me digo, pero no estoy de acuerdo, no acepto que la sentencia sea necesaria. Entonces me arrepiento y pido perdón por haber vencido.

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